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Digestiones pesadas

En el verano tendemos a relajarnos y ese estado en muchos casos también se contagia al terreno de las comidas. Si bien suelen ser más frescas y más ricas en verdura y zumos, es habitual encontrarnos con reuniones familiares o de amigos en las que la comida no se caracteriza por ser ligera con los consecuentes problemas de pesadez.

Tiempos y consecuencias

Pero existen casos en los que las digestiones pesadas son unas compañeras habituales de la persona, sin necesidad de comer opíparamente. Tal vez por una vida en la que encontramos poco tiempo para sentarnos a comer y en su lugar engullimos cualquier cosa, tragamos casi sin masticar y salimos de nuevo con prisa. Si nos acostumbramos a comer a toda velocidad y en poco tiempo, nuestro sistema digestivo tiene que hacerse cargo de una cantidad de alimentos mal masticados. A eso le añadimos la prisa, que no permite que se digieran correctamente y los nervios que en muchos casos acompañan nuestros días (especialmente los laborables).

Todo ello se ve aderezado con un surtido de comidas “para salir del paso”, sin equilibrar, plagadas de conservantes y en demasiados casos, de dudosa calidad nutricional. Es decir, nos conformamos con llenar el estómago, sin darnos cuenta de que el combustible que le demos a nuestro organismo será el que marque muchas de nuestras actividades.

Nuestro intestino, en lugar de ser una visera de absorción y expulsión, termina convirtiéndose en un lugar en el que “se echa de todo”, mal digerido y de dudosa calidad. Obviamente, eso es algo que influye en el estado de la propia mucosa intestinal, que no es capaz en muchos casos de absorber lo que se necesita y expulsar lo que no se necesita, terminando por permitir que ciertos tóxicos circulen por el cuerpo.

Pero lo primero que notamos, mucho antes de caer en la cuenta del estado de nuestro intestino, es la sensación que todos conocemos de tener una digestión pesada. Se debe principalmente a una alteración en la secreción ácida del estómago, que en algunos casos es menor de la que se necesitaría y en otros, mayor. La mala alimentación y los problemas (estrés, nervios, preocupaciones, obsesiones…) tienden a alterar el nivel ácido dándonos un primer aviso de que algo no está funcionando correctamente.

También podemos encontrarnos con una alteración hepato-biliar, que de nuevo puede ser proveniente de alteraciones emocionales o una consecuencia del mal funcionamiento de estos órganos debido a la propia alimentación que tenemos. Estas alteraciones suelen acompañarse de dolores de cabeza centrados en la zona de la parte posterior de la cabeza o en la parte superior, pero pocas veces asociamos un problema y otro.

El tercer órgano que puede estar funcionando inadecuadamente es el páncreas, tanto por motivos orgánicos como por motivos emocionales. Tengamos en cuenta que las enzimas producidas por el páncreas son necesarias para digerir las proteínas (enzimas proteolíticas), las grasas (lipasas) y los hidratos de carbono (amilasas).

La solución sería tan sencilla como masticar muy lentamente (se aconseja no menos de treinta veces por bocado) y evitar tabaco, alcohol, café, chocolate, exceso de frutos secos, comidas grasas y exceso de proteínas animales.

Ayudas

Lo ideal sería no tener que recurrir a productos, ya que eso indicaría una cronificación del problema, pero mientras se recupera el equilibrio del sistema digestivo, hay una serie de plantas y productos que nos pueden ayudar.

En fitoterapia podemos tomar zumo de piña alrededor de media hora antes de comer, que nos surte de papaína y bromelina, enzimas pancreáticas. Si la digestión pesada es por exceso de acidez, podemos tomar antes de comer, una infusión con melisa (contraindicada en hipotiroidismo) y manzanilla. Igualmente es buena opción la ingesta de enzimas digestivas si no hay sensación de ardor. Si el problema cursa con hipoacidez se puede tomar romero para fluidificar la bilis (no usar en caso de obstrucción de las vías biliares) o  anís para activar la motilidad y los procesos digestivos.

En la mayoría de las ocasiones, los problemas digestivos son en realidad el resultado de una alimentación incorrecta, rápida y con desequilibrios nutricionales. Si somos capaces de variar nuestras costumbres en la mesa (una de las costumbres más difíciles de cambiar) podremos evitar en gran medida molestias que se pueden cronificar con facilidad, que pueden derivar en problemas más graves, y evitaremos igualmente la ingesta de productos de ayuda que no serían necesarios con un equilibrio alimenticio.

Las próximas semanas hablaremos por lo tanto sobre la mala combinación entre los alimentos y los alimentos naturales para evitar problemas de digestión.